14.4.19

Hace unos días recordé que estoy solo. Literalmente no lo estoy, es decir, cuento con la gente que me quiere o que pienso que es así. Que sienten aprecio por mi y que yo realmente puedo contar con ellos. Pero puedo estar equivocado y puedo no tener a nadie más que a mi.

Como sea, no me he cobijado bajo el calor de una relación por mucho tiempo y realmente he meditado al respecto. En el proceso han pasado muchas cosas y también muchas personas. He probado otra vez aquella droga que descarrila mis pensamientos y he tenido tanta tensión sexual que podría escribir unas cuantas historias interesantes sobre ello.

Pero lo más importante es que he conocido a más personas felices, más de las que ya conocía. Unas más que otras, pero felices a fin de cuentas. He leído una y otra vez el maldito horóscopo, pero nada ha saciado mi sed de curiosidad. Entonces he llegado a pensar que mi destino se resume a la soledad, pues noté que se me dificulta más que antes entablar una conversación con un simple fin sociable y que antes prefiero sumirme en mis pensamientos, pues considero a mi consciencia la única digna y capaz de someterse y de someterme a la razón, mi razón, mis ideales y mi pragmatismo. Mi crudo, lúgubre e insípido pragmatismo.

Me siento bien así, lo cual en otros tiempos normalmente me horrorizaría pero ahora he adoptado otra visión, otra perspectiva, una totalmente distinta de cuando tenia 17 y la vida me sonreía viendome a los ojos, mientras me chupaba la verga para ver si me corría.

Luego de poder aceptar que me veo mal, que me expreso vaga y vulgarmente, que soy posiblemente desagradable y que es muy probable que sea un perdedor, me sentí bien. Admití que odio a mi padre y que ese sentimiento persiste con la única intención de darle vida a su recuerdo, pues aunque no este muerto aún, es el odio quien lo resucitará cuando lo esté y le negará ese derecho tan noble a descansar en paz, pues no se lo merece.

Así que pensé que no necesito que nadie me ame, porque el amor nos cambia, y quizá necesite cambiar, pero deseo no atribuirle tal éxito a un sentimentalismo tan trivial. Entendí que no necesito amar a nadie, porque soy feliz estando así y que basándome en los que conocí, he aprendido que la felicidad es una perra traicionera que nos abandona a la deriva y al desdén ajeno, cuando le apetece.

Si quisiera ser infeliz, lo sería, me buscaría una pareja. Pero la verdad es que no, no puedo, no quiero y no debo. Imaginar soportarme me desquicia. Así que pensé, a la mierda, no quiero ser el proyecto de nadie.



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