11.10.19

Recuerdo aquellas tardes solitarias en el mirador, cuando nos encontrábamos a solas y nos drogábamos para olvidar nuestros problemas, para evitar al mundo y quizás en algún punto, soñar muy lejos. Estábamos completamente solos y por eso nos entendíamos bien. 

Fue difícil complementarnos, llegar a conocernos y aceptar esos silencios incómodos tan bien. Intentamos leer en muchas ocasiones, producto de alguna loca y tonta idea mía para volvernos sabios y elegantes. Que mentira nuestra más adorable. Tú y yo preferíamos las películas o la música. Porque así aprendimos o así nos enseñaron, no importa la historia es nuestra, los demás no dan la hora. 

La gente nos miraba con ojos de prejuicio y hablaban de nosotros con palabras de burla pero eso no nos importaba. Estábamos juntos y eso era suficiente, no hacía falta nada ni nadie más. Mi parte favorita de nuestras largas sesiones eran los cigarrillos y el café, tu parte favorita el alcohol y un poco de cafuné. 

Soñábamos con ser eternos, con ser nuestros incluso en el infierno. Soñábamos con vivir lejos y ser la envidia de todos esos pendejos, a quienes llamamos alguna vez amigos, quienes nos juraban con el éxito asegurado, sin saber que el futuro nos esperaba con mucho llanto y orgullo. Éramos muy jóvenes, entonces concluyo, o talvez muy tontos. 

Han pasado diez años y todavía sigo aquí, espero que algún día pueda verte de nuevo.



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